Nota publicada en "Todo Trenes de diciembre del 2001" Recordando a "El Zapalero" Por Gabriel Sánchez El Zapalero: con ese nombre te conocimos
los que fuimos habitúes de tu itinerario: algo más de 1.380 kilómetros desde
Constitución hasta Zapala; algo más de veinte paradas intermedias en unas veintiséis
horas de viaje hacia el sur. Trayectoria gratificante para quienes compartíamos dos
pasiones a la vez: la de los viajes largos y la de los trenes. Porque vos fuiste algo más que una formación de quince o
dieciséis coches con una locomotora GT 22 en la punta. Para la nomenclatura oficial del
Ferrocarril Roca, vos eras el tren "Estrella del Valle", que partía del andén
catorce de Plaza Constitución a la hora 12. Para muchos de nosotros, fuiste además la
puerta abierta a la aventura de viajar. Y así llegaste a convertirte en algo un poco
legendario, un poco mágico, un poco real. Yo tenia dieciocho años, allá por el verano de 1984 cuando me subí por primera vez a unos de tus clase turista con destino al Valle de Río Negro. Al año siguiente, juntando ahorros, ya podía darme el gusto de llegar a San Martín de los Andes. Fue entonces cuando conocí todo tu trayecto: hasta Zapala, porque allí se hacía el trasbordo del tren al ómnibus que seguía viaje más al sur. Tus veintiséis horas de viaje siempre tuvieron mucho para mostrarnos. Desde alguna de tus ventanillas, era una delicia ver cómo nos adentrábamos en el campo, al tiempo que el interior de todo el coche se llenaba de esos panaderos que el viento, provocado por tu marcha, terminaba de arrancar de los cardos vecinos a la vía. Era entonces, después de Cañuelas, cuando allá adelante el personal de la GT 22 estaría iniciando su rutina palo Staff y vía única que nos acompañaría por casi todo el trayecto hasta el día siguiente. Era pasar raudamente por el solitario y señorial andén de la estación Abbott, y un rato más tarde cruzar el puente sobre el Salado, ése que alguna vez nos regaló una postal de flamencos rosados en sus orillas. A eso de las cuatro de la tarde llegábamos a Azul, la primera parada del trayecto. Allí, en los dos andenes, nos cruzábamos con el otro Zapalero, el que había pasado por Neuquén la noche anterior y ahora retornaba a Buenos Aires. No sé por que, pero después que salíamos de Azul siempre se apoderaba de mi una especie de nostalgia o tristeza de saber que por mucho que quisiera, ya no iba a poder estar de regreso en casa aquella noche. Pero cuando se tienen veinte años, las tristezas son tan fugaces como las paradas de un tren. Estábamos otra vez en marcha y entonces si que nos dábamos cuenta cómo los libros de geografía del secundario tenían razón cuando aseguraban que el sistema serrano de Tandilia se extendía rumbo a Olavarría; igual que nosotros, ahora bajo aquel cielo azul de febrero. Estábamos cada vez a mayor altura, y después de Olavarría íbamos en demanda de la otra sierra: la de La Ventana. Pasábamos por aquella estación de sugestivo nombre: Voluntad, y al ratito hacíamos la parada de Laprida: diez minutos mirando con curiosidad a quienes desde el andén nos miraban con idéntica curiosidad, mientras alrededor todo era un revuelo de gente, bolsos y valijas que bajaban o que subían. Me acuerdo de aquella vez, pasando Laprida, cuando al lado de la vía pudimos ver a una gallareta empollando en su nido. Seguramente había elegido ese lugar atraída por el resguardo que le podía ofrecer el terraplén ferroviario, pero sin imaginarse que al menos un par de veces al día, la presencia atronadora de un tren pasaría a escasos dos metros de ella y de su nido. Aun así, se quedó en ese sitio cumpliendo con su instinto de no abandonar el nido, y dándonos a nosotros, que íbamos de pasada, una lección de amor maternal.Coronel Pringles era la despedida de la
larga tarde estival. Alguna vez arribamos cantando aquella canción de Celeste Carballo,
mientras observábamos como junto a aquel anden de conchilla blanca solo interrumpida por
el embaldosado bajo el alero, entraban perfectamente la mayoría de tus dieciséis
vagones, como para que nadie tuviese que bajar en medio de los yuyales. Saliendo de
Pringles ya teníamos a la vista la Sierra de la Ventana: un capitulo especial en la magia
de tu trayectoria, porque en la Sierra, en medio de tanta curva y contracurva, si uno
asomaba la Alguna vez, entrando a Bahía nos saludó al pasar un cultor del aerobismo que iba al trote al lado nuestro por el camino de La Carrindanga. Acá la parada era un poco más larga que en las demás estaciones, y si habíamos venido por la vía Pringles, para continuar viaje tu marcha cambiaba de sentido, así que había que dar vuelta los asientos. La GT 22 se iba sola a la otra punta del tren, y el primer vagón se convertía en último. En ese rato largo que parábamos, casi siempre aprovechábamos para ir a comprar algo que comer, por que el hambre se empezaba a hacer sentir después de varias horas, y como los kioscos de la estación siempre estaban repletos de gente, teníamos tiempo de salir de la estación, cruzar la avenida Cerri y comprar algo en aquel bar digno de una película de los años 30, con su mostrador de madera y su exhibidor de golosinas con tapa de vidrio. Después de Bahía, la cosa cambiaba: pasábamos por Spurr: una estación con su puente peatonal de hierro sobre las vías y su andén bien iluminado con las mismas lámparas que en la época de los ingleses. Atrás había quedado la mitad del viaje. Uno bien podía pensar en dormir, después de un día entero de ver desfilar ante nosotros ciudades y pueblos, estaciones y horizontes diversos. No siempre quería, o no siempre podía perderme esta etapa nocturna de tu viaje. Me bastaba desvelarme para poder contemplar nuestro paso por Médanos, donde a esa hora sólo parecía escucharse el lamento de las aspas del molino al extremo de su andén solitario, o al llegar tipo dos de la mañana a Río Colorado, donde hacías otra parada y donde se podía levantar la ventanilla para aspirar ese aire ya frío de la Patagonia en la que nos íbamos adentrando. Afuera, ahora si que era bien audible el sonido de tu máquina allá adelante. La noche, con ese algo de misterio que siempre la distingue, parecía poseer la capacidad de hacer que sonidos tales como tu motor distante o las aspas de un molino al girar, cobrasen amplitud y se hiciesen perceptibles. La otra estación donde nos deteníamos, era en la de Darwin; por lo general antes de que amaneciese. Me viene al recuerdo aquella vez que paramos en Darwin y un contingente de estudiantes volvía a sus casas, seguramente después de un viaje de egresados. El andén era un mundo de gente, entre los chicos que llegaban y los padres que habían ido a esperarlos. Enfrente, pasando la calle, el resto del pueblo parecía seguir durmiendo, mientras los focos del alumbrado público se bamboleaban con el viento frío de la madrugada. Después de nuestra partida, el andén volvería a quedar tan solitario como un rato antes.![]() A bordo tuyo, y a lo largo de varias temporadas de vacaciones, aprendimos a conocer lugares imprevistos de los que nunca nos habían hablado. Creo que el atractivo del sur no hubiese sido sin tus dieciséis coches, sin tu General Motors GT 22 y el silbido de su motor, que parecía hacer más profundo el silencio de la noche patagónica, silencio que también se quebraba de a ratos con tu silbido distante. En clase turista o en primera, no importaba, aprendía mirar las estrellas y las madrugadas. También a bordo tuyo, me fasciné con aquello que una noche brilló sobre la estación de Fortín Uno y que a mi se me antojó que era un OVNI. Tus viajes alimentaron las fantasías y las ruedas de campamento. Viajando en tus coches repetimos los estribillos de canciones de Charly García o de Duran - Duran. Desde tus ventanillas pude saborear el desierto y el haber zafado de la colimba. Puede aspirar esos aromas a tierra mojada o a grasa para bogies. Pude recordar imágenes de alguna película, viendo los bosques húmedos de rocío en la Sierra de la Ventana; o ver pasar, al lado nuestro y bajo la lluvia, a una de esas hermosas locomotoras belgas Cockerill Ougree al frente de un carguero muy largo, allá por Coronel Suárez. Cuando me enteré que ibas a dejar de partir hacia Zapala, a principios de 1993, no quise o no pude creerlo. Una leyenda viva no podía irse así como así. Reconozco que por entonces yo estaba demasiado ocupado. Tenía novia y además de trabajar, había retomado los estudios. Si para entonces me fue bien en Geografía y en Historia, en parte fue gracias a aquellos viajes en los que vos tuviste mucho que ver. Cuando tuve que preparar una clase especial sobre los ferrocarriles, tu itinerario fue parte del relato. Y a mi novia, pobre, creo que más de una vez la aburrí con las mismas anécdotas: es que vos ya eras para mi, algo un poco mágico, un poco legendario, y un poco real. Tu presencia había sido suficiente para forjar algo así como una saga épica de una mitología atemporal. Te pudiste ir o no de los horarios de la pizarra central de Plaza Constitución, pero no te iras de los afectos. De tanto en tanto, se dejan oír "inminentes proyectos de reactivación para tal o cual línea férrea. Creo que el andén de Médanos sigue esperando volver a verte pasar, lo mismo que el de General Roca, lo mismo que cualquiera de quienes tuvimos la suerte de viajar con vos. También de tanto en tanto me cruzo con un coche comedor, el mismo o el gemelo de aquél que cruzamos una tarde en Azul, o una madrugada mas allá de Colorado, ¿te acordás?. Y siempre que paso por Gerli o por Banfield miro sin querer la vía que va para el sur esperando - ¿Por qué no? - ver aparecer una GT 22 con dieciséis coches a gancho. Hace tiempo que aprendimos identificar, bajo esa forma, a una leyenda un poco mágica y un poco real, a la que desde entonces conocemos como El Zapalero.
Las fotos son de Claudio García, Salvo la primer foto (El Zapalero en la Colina) que es de Darío Saidman. Mas fotos del Zapalero en la sección Momentos
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